OPINIÓN | En Luces de Bohemia (1924), Valle-Inclán escribió que “el periodismo es travesura, lo mismo que la política. Son el mismo círculo en diferentes espacios”. Perpetuaba así una mística en la relación entre ambos poderes, intrínseca en las democracias liberales, que impulsa un entramado de conexiones e intereses ocultos.
Con la exaltación de la tecnología y la inmediatez, la política ha conseguido desarrollar unas herramientas para esquivar la labor del periodismo de intermediación. Utilizando “spin doctors” y populismos, han abogado por la desacreditación de los medios, que a su vez contratacan estableciendo la “agenda setting” y la opinión pública. Así, esta elaboración informativa supone el resultado de una aleación entre los periodistas y los políticos.
CONDENADOS A ENTENDERSE
Es una sinergia en la que la política proporciona un sistema de candidatos y programas para satisfacer las demandas sociales, a cambio de maximizar sus poderes legislativos y ejecutivos. Su naturaleza persuasiva suele poner a prueba la objetividad de los periodistas, quienes refuerzan lo que Robert Dhal llamó la “comprensión ilustrada”: transmitir información a la ciudadanía para que vote con criterio.
Esta responsabilidad conlleva una participación indirecta que asienta a la profesión como “cuarto poder”, al no actuar como meros espectadores en el juego político. Al contrario, ponen en marcha su capacidad de influencia y de construcción de la realidad a través del relato. Cuando se estrecha la distancia entre ambas dimensiones, se pervierte el periodismo.
El control del relato desemboca en una lucha entre periodistas y políticos, que tambalea entre las dicotomías de conflicto vs. cooperación, de dependencia vs. interdependencia. Interrelacionan, chocan y se echan pulsos. Una negociación continua, una danza de alianzas y enemistades propia de las intrigas palaciegas de la Edad Moderna. Los periodistas necesitan fuentes para seguir publicando, mientras que los políticos necesitan cuatro magnitudes: poder, visibilidad, refuerzo y buena imagen. Lo negativo es que no se puede morder la mano que da de comer. O sí.
“La prensa no solo es el arma más poderosa contra la tiranía y el despotismo, sino el instrumento más eficaz y más activo del progreso y de la civilización.”
Francisco Zarco, s. XIX
EL NEGOCIO MEDIÁTICO OBSTACULIZA LA INTEGRIDAD
En Ciudadano Kane, las peripecias del protagonista mantienen una simbiosis con la vida del creador del sensacionalismo: el magnate de la información William Randolph Hearst. Ambos levantaron un imperio mediático a raíz de una herencia minera, para embarcarse en el negocio de la información por motivos exclusivamente económicos: “creo que será divertido dirigir un periódico”. Hearst es el espejo en el que se miran cientos de gigantes mediáticos, quienes cenan en cubertería dorada con altos mandos políticos y se convierten en instrumentos de difusión propagandística. Mientras tanto, los reporteros y redactores de a pie luchan por la imparcialidad de sus jefes y por dignificar así una profesión herida de gravedad.
Hearst, con su influencia mediática, fue capaz de llevar a Estados Unidos a la guerra contra España por Cuba en 1898, con la única intención de demostrar que su poder iba más allá de un presidente que no quería entrar en conflicto por la isla. Para el máximo representante del “amarillismo”, el poder del periódico es la cumbre de la civilización. Yo voy a poner la guerra. En palabras del ficticio Kane, “todo el mundo va a pensar lo que yo les ordene que piensen”.
Los tiempos están en constante transformación, y mientras que la intención de voto es cada vez más fútil y volátil, la pérdida de voz de los gigantes mediáticos en pro de la proliferación de canales multimedia ha diluido en apariencia la influencia de estos magnates, además de cuestionar el establecimiento de un único discurso. La realidad sigue siendo la misma: tras los nuevos medios se esconden los mismos grupos de comunicación de siempre. El oligopolio informativo se perpetúa y retroalimenta.
A MAYOR FALTA DE FONDOS, MENOR RIGOR PERIODÍSTICO
La periodista Elena Lastra, de Radio Aranda Cadena Ser, denuncia la precariedad a la que se está viendo abocada la profesión, en cuya escasez de recursos se ve obligada a nutrirse de gabinetes de comunicación:
UNA PROFESIÓN OPACADA A GOLPE DE TUIT
La aparición de las redes sociales ha otorgado a los políticos la posibilidad de conectarse directamente con su audiencia a través de canales como Twitter, que han potenciado una “sociedad teledirigida”, donde la imagen y el “storytelling” han reemplazado a la palabra y el periodismo se encuentra en crisis. Esta influencia de las redes está suponiendo un punto y aparte en el periodismo, situación sobre la que reflexiona Lastra:
Una situación agonizante, en la que ofrecer una información imparcial es la única salida para acabar con los sensacionalismos, el populismo y las “fake news”. El periodista debe rechazar la opción fácil, la de ser mero altavoz, y convertirse en un filtro crítico que detecte y deshaga la manipulación. La lealtad última se la debe siempre al ciudadano y a su compromiso con la verdad, destacado en su código deontológico. Labor que esboza Elena Lastra:
Otro periodismo
Hay muchos Hearst, pero también profesionales devotos comprometidos con la noble tarea de mostrar la realidad. Buen ejemplo de ello fueron los redactores de The Washington Post destapando el caso Watergate, una investigación periodística de las que Internet nos ha arrebatado. El caso fue llevado a buen puerto con ética, secreto profesional y desapego por la afección política, ya que uno de sus protagonistas era republicano. El diario demostró su compromiso por salvaguardar la democracia y la integridad, emitiendo ciertas informaciones que a priori no iban a suscitar interés en el público general.
Esta ejemplar actuación de un periódico puede desvirtuarse, y utilizarse de escudo para defender publicaciones manipuladas en contra de partidos políticos no afines al medio. Algo así sucedió en España en 2004, cuando El Mundo se empeñó en buscar una conexión inexistente entre el PSOE, ETA y el 11M. Supuestamente, fue animado por una llamada del entonces presidente José María Aznar al director del diario para ocultar la conexión del atentado con la guerra de Irak. Encubrimiento que desembocó en la pérdida de las elecciones y que prueba, una vez más, el poder de la industria de la información.
La intermediación periodística, pese a que suponga una valla que alguno quiera saltarse a golpe de brincos, es un garante de calidad democrática. Sus profesionales deben coger las riendas de ese rol y pedalear por construir una sociedad más veraz y justa. No se limiten a quedarse en meros escribanos de la clase política.







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