REPORTAJE | La irrupción de internet y de las redes sociales prometía transformar la relación entre el poder y los medios de comunicación. Más canales, más voces y menos intermediarios parecían anticipar un escenario en el que controlar la información sería más difícil que nunca. Sin embargo, la realidad ha evolucionado de una forma un tanto inesperada: el ecosistema ha cambiado, pero los mecanismos de influencia siguen respondiendo, en gran medida, a las mismas lógicas de siempre.
“El poder sigue utilizando las herramientas que tiene a su alcance”, resume el periodista de investigación Javier Chicote en una entrevista realizada para la creación de este reportaje. Su diagnóstico introduce una idea clave: la revolución digital no ha sustituido los mecanismos tradicionales de control, sino que los ha ampliado y adaptado a un nuevo entorno.
Más medios = menos impacto
Uno de los cambios más evidentes desde la revolución digital es la multiplicación de los actores informativos. A los grandes periódicos tradicionales se han sumado miles de medios digitales, plataformas como las redes sociales y nuevos formatos de difusión como los podcast. Esta fragmentación ha reducido la capacidad de los grandes medios para monopolizar la agenda pública, pero también ha diluido el impacto de las informaciones publicadas.
Hace décadas, una portada en un periódico generalista como El País o el ABC tenía un efecto inmediato y era difícil de ignorar. Hoy en día, la relevancia de una noticia depende en gran medida de su capacidad para ser compartida por otros medios o amplificada en redes sociales. Si ese efecto no se produce, la información desaparece rápidamente del debate público.
Este cambio provoca una doble consecuencia. Por un lado, dificulta impedir que una información vea la luz. Pero, por otro, facilita que esa información no tenga recorrido. En el entorno digital, el control ya no pasa únicamente por evitar la publicación, sino por condicionar su impacto.
Astroturfing: influir en la percepción y no en el contenido
Ante este panorama, han ganado peso mecanismos como el Astroturfing, que actúan sobre la recepción de la información más que sobre su producción. Se trata de una estrategia digital que, mediante campañas coordinadas, simulan ser reacciones espontáneas de ciudadanos, cuando en realidad están diseñadas para difundir mensajes concretos, generar dudas o atacar una información y a quien la publica.
Su función no es censurar una noticia, sino modificar su credibilidad o influir en su relevancia. La proliferación de mensajes, interpretaciones y ataques coordinados puede alterar la forma en que una información es percibida por el público, reduciendo así su influencia. Sin embargo, este tipo de prácticas no representan una ruptura total con el pasado. Lo que cambia es el canal y la escala, no la lógica de fondo. Aun así, tal y como apunta Joaquín Gil, periodista de investigación de El País entrevistado para este reportaje, «el periodista debe ser como una monja de clausura: no tiene que estar todo el día opinando», ni aprovechándose del Astroturfing en redes sociales. Los periodistas no deben «jugar» con su apariencia en internet ni lucrarse de estos bots.

Vigilancia y disuasión en el entorno digital
Otro de los factores que han surgido de la revolución digital es la posibilidad de vigilancia a gran escala. El uso de herramientas como el software israelí Pegasus han evidenciado que los periodistas pueden ser objeto de seguimiento a través de sus propios instrumentos de trabajo. Organizaciones como Amnistía Internacional han alertado del impacto que estas prácticas tienen sobre la libertad de prensa.
Más allá de los casos concretos como el de Gabriela Cáceres, periodista de El Faro (El Salvador), el efecto principal de estas herramientas es mayormente disuasorio. El periodismo de investigación depende de la confidencialidad de las fuentes y de la seguridad en las comunicaciones. Si esa seguridad se ve comprometida, la capacidad de investigar se limita. No obstante, incluso en este ámbito, la lógica de fondo no es completamente nueva. La vigilancia y la presión han existido siempre, aunque con medios menos sofisticados. La diferencia radica en la capacidad de la tecnología para hacerlas más eficaces y menos visibles.
El peso del poder económico
A pesar de la irrupción de estas nuevas herramientas, el poder sigue empleando sus mecanismos más tradicionales a la hora de influir en la publicación de noticias. Entre ellos, el económico continúa siendo el más determinante. La dependencia de los medios respecto a la publicidad, tanto institucional como privada, configura un marco en el que la independencia editorial se ve gravemente condicionada. Según Chicote, este es el principal instrumento de presión en la actualidad.
Las grandes empresas y las administraciones públicas disponen de recursos que pueden utilizar para influir en los medios, ya sea mediante la retirada de campañas publicitarias o la cancelación de acuerdos comerciales. Este tipo de influencia rara vez se ejerce de forma directa sobre los periodistas. Lo habitual es que se canalice a través de la estructura jerárquica del medio, afectando a quienes toman decisiones editoriales o gestionan los recursos económicos. De este modo, la presión no se presenta como una orden explícita, sino como un factor que condiciona el contexto en el que se toman las decisiones.
«Noticia es todo lo que alguien, en algún lugar, no quiere que se sepa, lo demás es publicidad»
Lord Northcliffe
Presión política y autocensura
Junto al factor económico, la presión política sigue siendo un elemento fundamental de las estrategias de vigilancia del poder. En un entorno mediático tan polarizado como el español, la publicación de determinadas informaciones pueden interpretarse como una toma de posición política. Esto genera tensiones que van más allá del contenido de la noticia y afectan a su encaje en la línea editorial del propio medio.
Chicote apunta a un fenómeno especialmente significativo: la autocensura. No siempre es necesario intervenir directamente para frenar una información. En muchos casos, basta con que los periodistas anticipen las consecuencias de publicar determinados contenidos. Esta autocensura puede manifestarse de diversas formas: temas que no se proponen, enfoques que se moderan o investigaciones que no se llegan a desarrollar. Es un mecanismo difícil de detectar, pero fundamental para entender cómo opera la influencia política en la práctica. Según Joaquín Gil, recibir estos ataques coordinados genera una presión psicológica inmensa que puede llevar a la autocensura. «Si uno lleva su independencia al extremo, se acaba suicidando», asegura citando al periodista Miguel Ángel Aguilar.

Un proceso de cambio
El análisis en conjunto de todos estos elementos permite extraer una conclusión clara: la revolución digital no ha alterado de forma radical la relación entre el poder y los medios, sino que la ha reconfigurado. Las herramientas han cambiado, pero las dinámicas de influencia mantienen la misma línea. El poder sigue actuando a través de su capacidad económica, de sus relaciones políticas y de su posición en el sistema. Sin embargo, a estas palancas tradicionales se suman ahora nuevas posibilidades tecnológicas que amplían el alcance de la influencia.
En este escenario, el control de la información ya no depende exclusivamente de impedir que algo se publique. También pasa por condicionar su impacto, su interpretación y su recorrido. Entender estos mecanismos es esencial para comprender el funcionamiento del ecosistema mediático actual y, en última instancia, para valorar el grado de independencia real de la prensa en la era digital.






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