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El impacto emocional de la narrativa inmersiva

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1.193 palabras
5–8 minutos

REPORTAJE | Ponerse unas gafas y abrir una puerta que no existe. Caminar por una pasarela suspendida en el vacío mientras estás en el salón de tu casa. Sentir el mismo miedo que un testigo de un atentado pero con la seguridad de que no te va a pasar nada. El periodismo inmersivo utiliza tecnologías como la realidad virtual para cambiar como se cuentas las historias está revolucionando la manera de contar historias. Pero, ¿qué impacto emocional puede tener en el usuario esta forma de narrar relatos?

Nuevas formas de contar historias

Con el desarrollo de estas nuevas tecnologías, como la realidad aumentada como herramienta informativa, el usuario vive las historias desde dentro. A diferencia de otros medios tradicionales, en los que el público se limita a recibir la información de manera pasiva, el periodismo inmersivo coloca al usuario en el centro de la acción. Se mueve, interactúa con el entorno y se convierte en parte de la escena.

Así lo explica Álvaro Gálvez, técnico de Virtual Zone, una empresa que desarrolla experiencias de realidad virtual: “La realidad virtual es una herramienta perfecta para que el usuario sienta que es parte de esa historia que le están contando a diferencia de otros formatos como el cine o la televisión en los que por mucho que la cámara y el sonido sean envolventes, nunca van a conseguir una sensación como la que vives al meterte dentro de una experiencia de realidad virtual”. Para Álvaro Gálvez, la realidad virtual es una herramienta útil para vivir experiencias lejanas de la forma más cercana posible, así como lo explica con estos ejemplos:

La empatía inmersiva

Esa capacidad de inmersión tecnológica genera una conexión emocional más intensa en el espectador. Según Silvia Cruz, psicóloga y responsable del programa “Universidad Saludable” en la Universidad Rey Juan Carlos, este tipo de experiencias intensifican la vivencia emocional del usuario al colocarlo en un rol activo. La combinación de imágenes realistas, sonidos envolventes y narrativa situada dentro de la escena tiene un efecto potente a nivel emocional. Se activa la empatía. Cuanto menor es la distancia con lo que ocurre, mayor es la sensación de estar allí.

Pero no todo impacto emocional es siempre positivo. Como advierte Cruz, estos formatos también pueden provocar una saturación sensorial que impida procesar el mensaje con claridad. Cuando la experiencia sobrepasa a la persona, el foco puede desplazarse del contenido hacia la mera intensidad del estímulo. La reacción emocional también depende del momento vital o el estado mental del usuario. Lo que para unos es revelador, para otros puede resultar abrumador.

Este posible desequilibrio entre emoción e interpretación se agrava cuando los contenidos llegan al gran público sin filtros ni avisos. Silvia Cruz insiste en que no todas las personas están igual de preparadas para enfrentarse emocionalmente a ciertas experiencias inmersivas, especialmente cuando se trata de contenidos duros. Para explicarlo, Silvia utiliza ejemplos concretos, como un adolescente en plena etapa de cambio o una madre reciente, vulnerable por los cambios hormonales:

Sin embargo, esta experiencia virtual todavía no se encuentra en manos de todos. Solo unos pocos pueden acceder a ella. Aunque el uso de realidad virtual crece en museos, videojuegos o entornos educativos, en el periodismo sigue siendo minoritario. El coste de producción, la falta de equipos y las dudas éticas frenan su avance. Las redacciones no están preparadas. La audiencia tampoco. Aun así, profesionales del sector como Gálvez coinciden que aunque todavía el uso de estas herramientas en el periodismo es poco habitual, su potencial es enorme:

Narrar con responsabilidad antes que impacto

El uso de este tipo de tecnologías cada vez es más frecuente y se debe tener en cuenta que en futuro no muy lejano, estará al alcance de cualquier ciudadano. Por ello, no hay que dejar a un lado que el poder de conmover al espectador plantea también una gran responsabilidad para quienes diseñan estas experiencias. No se trata solo de contar mejor una historia, sino de hacerlo de forma ética y cuidadosa. Hay que tener en cuenta que lo que se muestra puede remover, doler o incluso sobrepasar emocionalmente a quien lo vive desde dentro.

Para Silvia Cruz, esta dimensión ética debe estar siempre presente en el desarrollo de contenidos inmersivos, especialmente cuando se difunden al gran público. No todas las personas están emocionalmente preparadas para exponerse a ciertas imágenes, y por eso es fundamental que puedan decidir cuándo y cómo vivir esas experiencias. En un contexto donde consumimos contenidos de forma masiva, sin pararnos a pensar en los riesgos ni la desinformación en plataformas como TikTok, esta reflexión es más necesaria que nunca. Además de restringirlo a un tipo de público en concreto. Así lo explica Silvia, poniendo de ejemplo lo que sucede en la actualidad con la pornografía y el libre acceso a Internet:

La solución, para Silvia Cruz, no pasa por rechazar este tipo de contenidos, sino por gestionarlos con responsabilidad. Tanto desde quienes los crean como desde quienes los consumen. En un entorno digital dominado por la inmediatez, el reto es fomentar una mirada más reflexiva, capaz de reconocer cuándo algo puede ser dañino o cuándo conviene detenerse.

¿Qué herramientas ayudan a regular esta experiencia?

Según Sílvia Cruz, los medios y profesionales que trabajan con formatos inmersivos deberían advertir con claridad al espectador sobre el tipo de contenido que está a punto de experimentar. No basta con un simple aviso para afrontar los problemas éticos que afronta el periodismo inmersivo. Es necesario que el usuario tenga un espacio para decidir si quiere entrar en esa historia, si está preparado para afrontarla y qué espera obtener de esa experiencia.

Una de las soluciones que propone es ofrecer una muestra previa al inicio del reportaje, una especie de adelanto que permita valorar el tono, el enfoque y la carga emocional del contenido. Esa pequeña introducción puede ser clave para activar la reflexión: “¿Quiero ver esto? ¿Para qué? ¿Qué me puede aportar?”. Porque, como ella misma reconoce, hay historias duras que merecen ser contadas y escuchadas: “Que nos duelan las cosas malas que pasan, sin irnos a un extremo, está bien porque nos hace humanos”.

Pero ese dolor debe gestionarse desde la mesura. Cruz insiste en que la responsabilidad empieza en quien produce los contenidos, que debe hacerlo desde el rigor y la prudencia. “No se trata de manipular al usuario ni de llevarlo al límite emocional solo porque la tecnología lo permite. Se trata de ofrecer experiencias que, aunque duras, estén bien contadas, con sensibilidad y respeto”. También propone que los relatos inmersivos sigan una narrativa gradual, en la que el espectador tenga la posibilidad de salir si en algún momento siente que no puede continuar. “No puede ser que entres en un reportaje y te encuentres con una bomba emocional al minuto uno. La historia debe permitirte avanzar, decidir, protegerte”.

El periodismo inmersivo tiene un enorme potencial para concienciar. Pero con ese poder viene también la responsabilidad de no sobrepasar a quien mira. Porque si el objetivo es generar empatía, no podemos olvidar que al otro lado hay una persona real.

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