OPINIÓN I El 2020 no se ha ido sin antes dejarnos una imagen histórica que nunca pensábamos que llegaríamos a contemplar, la Puerta del Sol prácticamente vacía un 31 de diciembre. La estampa retenía la odisea de un año entero de calles vacías y miradas desde los balcones. Pero esa no fue precisamente la imagen más compartida de las campanadas.
Las grandes cadenas de televisión no quisieron faltar a la despedida de un año con una carga sentimental tan potente para el país. El reloj más conocido de España dio las doce campanadas ante una insólita plaza que en otras ocasiones había albergado hasta casi 18.000 personas. Pero el protagonismo de la noche se lo llevó Ana Obregón.
Lo que cada año se convierte en una celebración de lentejuelas y folklore, esta vez se ha convertido en el pavor del duelo. En un año especialmente duro para Obregón por la pérdida de su hijo Áless Lequio el pasado mes de mayo a causa del cáncer ha sido capaz de ponerse frente a miles de españoles y, con el apoyo y la fuerza que éste le enviaba desde el cielo, despedir con nosotros una de las etapas más duras de su vida. En cierto modo Ana simbolizaba a esa parte de la población que ha sufrido la pérdida de algún ser querido. Y la nostalgia de aquellos momentos en los que no existía la tensión de contagiar o ser contagiados.
La retransmisión de TVE cosechó toda la expectación que se esperaba, y más aún. Primero porque TVE es tradición. Segundo, por el regreso de Ana a la cadena. Y tercero, por la unión, por primera vez, de dos mujeres dando las campanadas. Las redes sociales se inundaron de aplausos ante las palabras de la actriz y su emotivo discurso que no solamente le conmovió a ella, o a su compañera Anne, sino a toda la audiencia que desde sus casas estaban presentes.
«Esta noche -dijo- quiero mandar un mensaje de esperanza. Sé que muchas personas que están en casa han pasado un año difícil y se identifican conmigo porque también han perdido a un ser querido. Esta noche, cuando suenen las 12 campanadas, sé que los vamos a recordar. Sé que vamos a mirar al futuro con la convicción de que juntos, pero con mucha responsabilidad, saldremos de este túnel».
Obregón e Igartiburu se convirtieron en trendic topic desde el minuto uno. Pero los usuarios también elogiaron el rol de Anne, un papel de secundaria con el que estuvo impecable. «Supongo que los que dicen que estuvo ‘de florero’ frente a la figura de Ana Obregón desconocen la importancia de quien apoya y sostiene. Quizá no es el papel que más destaca pero sí es completamente necesario». «Dos mujeres dando una lección de profesionalidad, entereza, cariño y empatía. Sin victimismos, a corazón abierto», comentaban algunos usuarios en Twitter.
El otro momento que nos dejó la noche tuvo lugar tras las doce campanadas cuando una visiblemente emocionada Ana Obregón se abstenía a articular palabra y ante eso, su compañera, también conmovida por la situación, le agarró la mano y así permanecieron unos instantes, cogidas y unidas ante la distancia que las separaba. Y es que ese es el aprendizaje del año, solamente se saldrá de esta, y de lo que venga, cogidos de la mano.
Fue el momento más compartido de las campanadas. La emoción del momento y los fuegos artificiales fueron los desencadenantes de la más metafórica imagen de la noche. A pesar de que nadie estuviese en la plaza, la pirotecnia resonó de tal manera que las cadenas se vieron obligadas a callar y no continuar con la emisión. Logrando así atrapar ese momento. La estampa simboliza a dos mujeres, de más de cincuenta años, solas y sin poder abrazarse en una gélida noche, pero a la vez unidas. Crearon una simbología potentísima, en la que se retrataba esa solidaridad que se halla en la calle pero que, en muchas ocasiones es silenciada por los medios de comunicación.
Ana y Anne se entendían con solo mirarse. Se escucharon y emocionaron juntas. Pero también se dieron cobijo mutuo. Mandaron un mensaje de esperanza y amor. De la importancia de querer, de dedicar a tiempo a nuestros seres queridos y de trabajar en equipo para alcanzar nuestras metas, y eso fue lo que hicieron ellas. Rompiendo así el estereotipo de competitividad absurda entre mujeres y apostando por la ayuda colectiva.
En resumen, ese momento tan compartido y alabado es un ejemplo de sororidad y empatía en medio del ruido en un mundo que nos aturde y que en muchas ocasiones nos impide escuchar lo verdaderamente importante. Surgió de verdad, sin fabricarla en la antesala, en un año en el que las campanadas debían de tener un significado más allá del folklore tradicional.










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