OPINIÓN | En las democracias actuales la censura rara vez llega en forma de prohibición, ya que ésta atentaría contra la libertad de expresión que caracteriza al Estado de Derecho. No es preciso cerrar periódicos cuando basta con vigilar y controlar a quienes redactan las noticias que incomodan al poder.
El panóptico aplicado a la lógica mediática
A finales del siglo XVIII, Jeremy Bentham ideó el panóptico, un modelo de arquitectura carcelaria. El panóptico, del griego pan-opticón, significa “verlo todo”.

Esta estructura carcelaria se basaba en una construcción circular opaca en el exterior y transparente en el interior, de forma que los presos no sabrían si había alguien vigilándoles o no. Michel Foucault teorizó sobre una sociedad a partir de este modelo panóptico. El mecanismo de poder es simple: cuando los individuos no saben cuándo están siendo observados, terminan por vigilarse a sí mismos.
Si tomamos la idea propuesta por Foucault y la aplicamos al mundo del periodismo, el periodista moderno sería el recluso, mientras que el poder político y económico es el vigilante oculto en la torre.
Vivimos en un sistema mediático donde la independencia es, a menudo, una ilusión. Los periodistas trabajan bajo una presión asfixiante. El periodista se siente vigilado, evaluado y amenazado, no solo por sus jefes, sino por un engranaje de poder. Esta presión se suma, además, a la precariedad laboral y las exigencias de inmediatez.
La batalla por la agencia mediática
Pero ¿cuál es el objetivo del poder con esta vigilancia panóptica sobre el profesional de la información? La respuesta reside en el control del agenda setting. Como ya advirtió Bernard Cohen (1963):
«La prensa no tiene mucho éxito en decir a la gente qué tiene que pensar, pero sí lo tiene en decir a sus lectores sobre qué tienen que pensar»
Quien controla los temas de los que se habla, controla el debate público. Sin embargo, los medios no operan en el vacío. Autores como Paul Lazarsfeld y Robert K. Merton ya señalaron cómo los distintos factores del poder político y económico ejercen fuertes presiones para establecer la agenda mediática desde su propia agenda corporativa.
Los periodistas trabajan en gran medida gracias al acceso a fuentes institucionales, tales como ruedas de prensa, entrevistas, filtraciones o documentos oficiales. Buena parte de esta información procede de los gabinetes de prensa de los gobiernos e instituciones. En teoría, estos gabinetes facilitan la comunicación entre el poder político y los medios de comunicación. En la práctica, los gabinetes de prensa pueden convertirse en actores que gestionan estratégicamente qué información se comparte, cuándo se hace y con quién.
Los gabinetes de comunicación institucional y política juegan su papel de “vigilantes” e introductores del discurso. La falta de personal es un problema en muchos medios. A esto se suma la necesidad de inmediatez. En muchas ocasiones, estas circunstancias hacen que los medios publiquen literalmente las notas de prensa de los gabinetes. Esta práctica abre directamente la puerta a la imposición de contenido ideológico. El poder ya no necesita censurar de forma violenta; le basta con saturar el sistema y vigilar la máquina mediática. Esta, además, funciona en condiciones precarias. Así consigue que reproduzca su propio relato.
La autocensura del periodista
Bajo la lógica del panóptico, el poder ha logrado que el periodista internalice la vigilancia. El redactor sabe que un titular incómodo puede provocar la llamada airada de un político a su director. También puede implicar la pérdida de una importante campaña publicitaria. Ante esa situación, muchos periodistas terminan aplicando la autocensura. Según el Informe Anual de la Profesión Periodística (2024), tan solo el 24 % de los periodistas consultados afirma que nunca ha sufrido presiones para cambiar información. El poder se vuelve invisible e inverificable, pero su efecto es absoluto: el periodista se somete.
Asistimos a una época de polarización donde la identificación excesiva de los medios con ideologías políticas perjudica gravemente la calidad de la información. Esto puede dar lugar a medios condicionados por intereses políticos y económicos.
En ese contexto, la información puede distorsionarse para generar una opinión pública favorable a determinados intereses. Al mismo tiempo, muchos ciudadanos consumen noticias únicamente para reforzar sus propias convicciones creando burbujas informativas.
El periodismo actual se ejerce en una celda de cristal. Mientras el poder institucional y corporativo permanezca en la torre central del panóptico, la agenda pública seguirá reflejando los intereses de la élite. No responderá a las necesidades de los ciudadanos. Para recuperar la verdadera esencia de la prensa, los periodistas deben atreverse a romper con el modelo panóptico. También deben dejar de ser cuerpos dóciles. Solo así podrán volver a mirar de frente al poder. De ese modo, la prensa podrá recuperar su papel como contrapoder. Sin esa ruptura, el periodismo seguirá escribiendo desde su celda en el modelo panóptico.









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