OPINIÓN | El periodismo español, durante décadas, ha impuesto un estándar lingüístico centralizado y un “acento neutro”, borrando matices y voces locales. Gracias a los medios digitales y a los espacios hiperlocales, esas voces regionales están resurgiendo con fuerza, dando lugar a la legitimación de acentos propios. Reclamando una identidad lingüística muchas veces ignorada o estigmatizada por la historia. Una mirada a cómo el acento andaluz reclama su espacio y rompe con los prejuicios del pasado.
Juan Ramón Jiménez escribió en 1953 para la revista “Universidad”, de Puerto Rico:
«Se debe escribir como se habla, y no hablar, en ningún caso, como se escribe»
Juan Ramón Jiménez
Con esta afirmación, el premio Nobel buscaba defender una lengua viva, natural, cercana a la vida cotidiana. Pese a ello, 73 años después, al encender la televisión o sintonizar una radio, nos damos cuenta de que la afirmación del poeta parece estar relegada al olvido. Ha quedado supeditada por un periodismo que ha tendido a construir un modo de hablar uniforme, pulido y aparentemente neutral, en el que el periodista parece obligado a borrar cualquier rastro de sus orígenes para mantener su credibilidad.
El periodismo audiovisual español ha asumido que la información debe comunicarse desde un estándar lingüístico concreto. En cadenas de radio y televisión nacionales la profesionalidad se ha asociado con la estandarización, inculcándonos la idea de que la neutralidad garantiza la objetividad.
No obstante, esta concepción choca con la realidad lingüística de España. Particularmente en territorios como Andalucía, donde el acento forma parte inseparable de la identidad cotidiana. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿existe realmente un “acento neutro”o los periodistas deben sacrificar su manera natural de hablar para ser reconocidos nacionalmente?
Imagen de la bandera de la Comunidad de Andalucía; Fuente: Shutterstock
El mito del «acento neutro»
El llamado “acento neutro” no es un fenómeno natural de la lengua, sino una construcción social y mediática. Durante décadas, los medios nacionales han considerado ciertos modos de hablar más legítimos que otros, vinculando la autoridad con un estilo depurado de rasgos regionales.
En este imaginario, hablar “bien” se reduce a hablar sin acento, mientras los acentos territoriales, como el andaluz, quedan invisibilizados o relegados a estereotipos.
Profundizar en la raíz de este hecho nos lleva a descubrir la motivación del mismo, basada en una cuestión de prejuicios históricos. Durante siglos, el andaluz ha sido injustamente asociado con ser inculto, vago, gracioso o «pobre». Rasgos como el seseo, el ceceo o la aspiración de consonantes finales se han interpretado como señales de vulgaridad. Este hecho ha contribuido a situar simbólicamente a quienes hablan con este acento en ciertos espacios sociales, mientras que se les excluye de otros considerados de prestigio. De este modo, sigue resultando poco habitual asociar el acento andaluz con figuras de alta autoridad intelectual o institucional, pese a que la realidad ofrece numerosos ejemplos.
La importancia de lo hiperlocal
Afortunadamente, los medios nacionales ya no son los únicos altavoces desde los que se construye el discurso público. En los últimos años, los medios regionales y, sobre todo, las plataformas digitales han empezado a transformar el panorama. Espacios locales e hiperlocales, junto a podcasts y cuentas de redes sociales gestionadas por periodistas y creadores andaluces, han abierto un nuevo lugar desde el que hablar con naturalidad. Con todas las jotas, seseos y aspiraciones que forman parte de la identidad lingüística del sur.
En este contexto, los medios hiperlocales han adquirido un papel fundamental, ya que permiten contar historias que rara vez encuentran espacio en los grandes medios y acercan la información a la vida cotidiana de los barrios y
municipios. Además, fortalecen la conexión con la comunidad, visibilizan realidades cercanas y contribuyen a preservar la diversidad cultural y lingüística, algo especialmente valioso en el entorno digital, donde predomina un modelo comunicativo más homogéneo.
En estos contextos, el acento ya no aparece como un elemento a corregir ni como un rasgo que deba suavizarse para resultar profesional; al contrario, se muestra con normalidad y sin complejos.
El papel del espacio digital
La dimensión digital ha sido clave en este proceso. Internet ha permitido que surjan voces hiperlocales que hablan desde sus propios territorios y para sus propias comunidades. De este modo, muchos andaluces han empezado a reconocerse en esas voces que suenan como las de su barrio, su familia o su pueblo. Lo que antes se percibía como un rasgo a esconder se convierte así en un motivo de identificación colectiva y, en cierto modo, en un pequeño movimiento cultural que reivindica la diversidad lingüística frente al mito del “acento neutro”.
Además, las redes sociales, los pódcast y los medios digitales han cambiado quién puede hablar y quién puede ser escuchado. Ya no es necesario pasar por los filtros tradicionales de las grandes redacciones para contar lo que ocurre en un territorio o para opinar desde una identidad concreta. El entorno digital también ha cambiado la forma en que el público percibe la autoridad informativa. La credibilidad ya no depende tanto de sonar “neutral”, sino de la cercanía y la autenticidad. Cuando un creador habla con su propio acento y desde su contexto, transmite una experiencia que muchos reconocen como propia. Así, el espacio digital no solo amplifica esas voces, sino que contribuye a que la diversidad lingüística deje de verse como una excepción y pase a entenderse como parte natural del espacio público.
Acento como identidad y memoria
Porque ocultar nuestro acento nunca ha sido solo una cuestión de “profesionalidad”. También es, en cierto modo, una decisión política: acomodar nuestra voz para no incomodar a quienes durante décadas han despreciado nuestras raíces. Significa aceptar que hablar como lo hacían nuestros abuelos y abuelas es algo que debe corregirse. Porque detrás de ese acento están también sus historias, y renunciar a ese acento es, en parte, renunciar también a esa memoria.
Hoy los medios digitales y los espacios hiperlocales han empezado a romper ese silencio. Buscan devolver legitimidad a acentos que durante mucho tiempo quedaron al margen, pero, si algo demuestra este debate, es que el camino aún no está acabado, y que cada persona que decide no ocultar su acento contribuye, poco a poco, a avanzar hacia una sociedad donde la identidad no tenga que corregirse para ser escuchada.
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