REPORTAJE | La mudanza forzosa del periodismo al entorno online ha pasado por un cambio en las reglas de visibilidad del oficio. Desde su origen, se asumía al periodista bajo una presunción de anonimato técnico que le daba libertad. Sin embargo, en 2026, esa zona de sombra ha desaparecido y hoy su actividad deja rastro digital.
Cuando el periodismo aceptó el entorno digital como nueva zona de trabajo, aceptó pagar su peaje: desde entonces, informar y recibir información deja rastro, cada movimiento queda registrado. No se trata únicamente del empleo de herramientas digitales; es que el periodismo tiene lugar en un territorio perteneciente a otros, en el que dejar rastro no es ya un error, sino una condición intrínseca de la red.
Esta inevitabilidad del rastro digital está redefiniendo el impacto del periodismo, pues lo ha convertido en un conjunto de datos que supone ciertos riesgos operativos. Pero esta vigilancia es bidireccional: la transparencia del sistema ofrece al mismo tiempo herramientas para fiscalizar al poder y revalorizar la calidad informativa.
Blancos digitales
Para el periodismo, gestionar su propia huella ya no es cuestión de privacidad, sino de supervivencia, pues su rastro es utilizado intencionadamente por estructuras de poder que emplean los metadatos para neutralizarlo. La vigilancia técnica no es ya una amenaza teórica, sino una política de Estado respaldada por cifras. Sucede incluso en la Unión Europea y, por supuesto, en España.

Los riesgos de la vigilancia al periodismo son ya un hecho, especialmente para su ejercicio en países no democráticos.
Pero la consecuencia más extrema se observa en la cobertura de los conflictos bélicos como el de Ucrania y Rusia, que se ha convertido en una de las mayores preocupaciones del periodismo a nivel europeo.
“Los riesgos a los que se enfrentaron los periodistas al cubrir la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania continuaron siendo la preocupación más acuciante relacionada con la seguridad de los periodistas en Europa en 2024″.
Informe anual de las organizaciones asociadas a la Plataforma para promover la protección del periodismo y la seguridad de los periodistas del Consejo de Europa.
El Director del Máster en Análisis de Inteligencia y Ciberinteligencia de la Universidad Nebrija, Carlos Galán, explica que esta guerra es un crudo ejemplo de conflicto en el que se ha hecho uso de la cibervigilancia.
Fotografía de Zaida del Río. Universidad Nebrija
El fin del anonimato
Hoy, el periodista está expuesto, así como lo está cualquiera que opere en Internet. Pero, Galán explica que del cotidiano acto de enviar una fotografía se pueden obtener: la terminal desde la cual ha sido tomada, qué dispositivo y qué software la tomó, si estaba conectado a una red Wi-Fi y cuál, y la ubicación y hora exactas de la fotografía.
El anonimato ya no existe, afirma Carlos Galán.
“Si deseas que alguien no lea algo, no lo escribas”, Carlos Galán
Información personalizada
Sin embargo, para comprender el funcionamiento del ecosistema digital en su totalidad, debemos entender que la vigilancia no termina en el emisor, sino que se extiende de forma silenciosa hacia el receptor. El segundo paso en el control de los metadatos se basa en neutralizar el mensaje mediante la monitorización del ciudadano. Esto se lleva a cabo con técnicas como el microtargeting.
En una entrevista a Daniel Iriarte, periodista especializado en cuestiones de seguridad global y recientemente autor del libro Guerras cognitivas: cómo Estados, empresas, espías y terroristas usan tu mente como campo de batalla, explica que esta técnica consiste en recabar tantos datos del objetivo individual como sea posible, y posteriormente usarlos para producir mensajes personalizados para esa persona y solo para ella.

Es decir, el poder ya no necesita censurar noticias incómodas si puede analizar los datos de audiencia, identificar a los grupos de población más permeables a una investigación periodística y rodearlos de una «burbuja» de contenido alternativo, ruido o entretenimiento a medida. Se trata de una censura de precisión, pues la verdad no se elimina, sino que se traspapela entre informaciones alternativas para quienes deberían conocerla.
“Más que un modo de censura, es una forma de manipulación casi invisible para los demás, a no ser que el propio individuo la de a conocer, y por lo tanto es muy difícil de detectar y contrarrestar” Daniel Iriarte sobre el microtargeting
Lo que no quieren que veas
Otro fenómeno empleado en esta línea es el shadowbanning. Iriarte explica que se trata de la aplicación de ciertas etiquetas en el algoritmo que hacen que esos contenidos no sean visibles para los demás a no ser que se entre directamente en el perfil del emisor. De ese modo, la persona que cuelga ese contenido no puede hablar de censura, porque sus posts o enlaces están ahí, pero en la práctica su alcance es muy limitado porque el algoritmo no lo amplifica ni se lo hace llegar a otros usuarios.
El resultado es un control del relato en el que la vigilancia del lector anticipa crisis informativas y activa contranarrativas automáticas antes de que el periodismo pueda alcanzar un consenso social.
Simetría tecnológica: el poder vigilado
Sin embargo, la arquitectura digital de hoy encierra una paradoja: la bidireccionalidad. El poder ha perdido el privilegio de la opacidad, pues emplea los mismos dispositivos y redes que el resto de la población. Como explica Carlos Galán, esta uniformidad convierte el rastro en un sistema que por un lado monitoriza al periodista; pero por otro, le permite rastrear las huellas digitales de las instituciones, convirtiendo la vigilancia en una herramienta de fiscalización del poder, dejando ejemplos de figuras poderosas cuyos crímenes han sido detectados por su rastro digital.

Fotografía de Zaida del Río. Universidad Nebrija
Sed de verdad
La verdadera batalla no es técnica, sino de credibilidad, de relato. Iriarte mantiene una visión optimista sobre el futuro del oficio. Afirma que, ante la atomización de las fuentes, el valor estratégico del periodismo es más necesario que nunca. En un contexto de manipulación máxima, desinformación y hechos no verificados que circulan con total libertad, “existe una sed enorme por las informaciones elaboradas con estándares profesionales y criterios editoriales”, sostiene el periodista.
La supervivencia del oficio depende por tanto de la autoridad del rigor. Lejos de quedar relegado a ser una profesión de nicho, el periodismo se reafirmará como último garante de un consenso social en el ecosistema digital.
“El mundo hacia el que vamos se dividirá entre las fuentes que basan sus informaciones en hechos y aquellas que no. Y estoy convencido de que, llegados a ese punto, las primeras tienen las de ganar.” Daniel Iriarte







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