OPINIÓN | Nadie pone en duda que la ciberdemocracia amplía la participación ciudadana en los sistemas democráticos, porque la hace más accesible. El problema es que esta depende de la calidad del ecosistema informativo, y actualmente nos movemos en uno en el que abundan los pseudoperiodistas: imitadores de la profesión periodística que transmiten mensajes políticos y desinformación disfrazados de independencia e información. Su popularidad es directamente proporcional a su impacto, contaminando a muchos niveles: desde la opinión y debate públicos, pasando por la credibilidad de los medios de comunicación, la intención de voto y los propios resultados electorales, hasta influir en políticas concretas. Este artículo expone cómo el pseudoperiodismo pone en peligro el funcionamiento de la ciberdemocracia.
¿Relevante, o solo viral?

Los pseudoperiodistas aprovechan los algoritmos a su favor, priorizando viralidad sobre credibilidad y logrando así influir en la visibilidad que se le da a ciertos temas, lo cual es clave para controlar la conversación pública. Al seguir esta lógica de viralidad, en los entornos interactivos, los pseudomedios prosperan mejor que el periodismo tradicional, que ve mermado su alcance. Como consecuencia, se pone en peligro un poder tan grande como lo es el proceso de agenda setting. Esto es la capacidad de los medios de comunicación de seleccionar los temas que formarán parte del relato informativo y, por lo tanto, captarán la atención de los ciudadanos. Tal y como apunta Teodoro León Gross en su libro La muerte del periodismo, “la gente no conoce la realidad, lo que sucede en la realidad, sino lo que los medios le muestran que sucede”.
Y este es uno de los puntos de fricción claves entre ciberdemocracia y pseudoperiodismo, pues está en juego el derecho constitucional a conocer los asuntos relevantes de interés público a través de información veraz. Como cualquier poder conlleva responsabilidad, lo que sostiene al poder del periodista es su profesionalidad al tratar la información. Sin embargo, si permitimos que se delegue este poder en quienes no lo ejercen con responsabilidad, el periodismo pierde su razón de ser y su función democrática se ve gravemente erosionada. El reto entonces está en analizar cómo el ecosistema interactivo digital los retroalimenta y permite que prosperen, y qué implica esto para la salud ciberdemocrática.
Interactividad conflictiva
Una de las trampas clave es que todo parezca periodismo. En el ecosistema digital cualquiera puede construir una apariencia de medio independiente, por ejemplo, utilizando la interactividad como arma de legitimación, pues transmite pluralidad, cercanía y transparencia. Sin embargo, es común que degenere en refuerzo ideológico, cámaras de eco y radicalización. Quizás deberíamos cuestionarnos si los foros online realmente fomentan el debate democrático o simplemente lo degradan, convirtiéndose en campos de batalla y fábricas de odio. La experiencia nos lleva a pensar que la interactividad no siempre democratiza, a veces solo fideliza audiencias ideológicas contribuyendo a una mayor polarización social.
Basta con navegar por los comentarios de los perfiles en redes sociales de medios de comunicación, partidos políticos o cualquiera que aborde un debate polémico para comprobar que lo que allí se genera se aleja bastante de un debate constructivo. En su lugar, abundan los insultos, las mentiras y las críticas infundadas, tanto que pocos se atreven a contrastarlas o rebatirlas con argumentos de calidad. Y es que, a diferencia de los medios tradicionales, las redes sociales permiten contar con el anonimato como escudo, generando una sensación de impunidad que impulsa a quienes difunden discursos de odio. Así lo denuncia la campaña “El odio marca”, lanzada el año pasado por la Oficina del Parlamento Europeo en España y Fad Juventud.
De las redes a las calles
Lo realmente preocupante es que este clima de tensión no se limita a la red, sino que se traslada a las calles, impactando directamente en la convivencia democrática dentro y fuera de internet. Un caso paradigmático de esta transición de lo digital a lo real fue la gira del pseudoperiodista Vito Quiles por distintas universidades del país, trasladando las disputas que tanto alienta en sus redes sociales a los campus universitarios. Así, generó enfrentamientos reales entre sus seguidores y opositores, logrando atraer la atención de medios y estudiantes. Estos se movilizaron en torno a las apariciones del agitador, destacando TikTok como principal canal de difusión. De esta y otras formas, se consigue controlar el foco mediático y transformar un debate digital en un conflicto social tangible. Entonces, ¿la interactividad nos empodera o simula empoderamiento?

Puede parecer que, cuantos más altavoces haya a nuestra disposición, mejor informados estamos, porque hay más diversidad de fuentes y perspectivas. Sin embargo, la pluralidad pierde el sentido si regalamos credibilidad a cualquiera. En realidad, la difusión ilimitada de información solo complica la tarea de informarse. Cada vez hay que esforzarse más en encontrar contenido de calidad en un mar de desinformación, en lugar de contar con medios fiables en los que no sea necesario rebuscar para encontrar credibilidad. Aquellos en los que los ciudadanos no dependan tanto de su propia intencionalidad para informarse correctamente. Igual la participación digital no es tan democratizadora como pensamos. Quizás genera una falsa pluralidad que obstaculiza la distinción entre quienes simulan credibilidad y los medios que realmente merecen su confianza.
Confundir filtro profesional con censura
Uno de los argumentos estrella de los pseudoperiodistas se basa en tergiversar el concepto de agenda setting. Lo redefinen extendiendo la idea de que los medios tradicionales seleccionan la información al servicio de otros poderes. Así, asocian la labor periodística a un ejercicio de censura, construyendo un discurso que reivindica su propia existencia como fuente de información alternativa e independiente.
Ante esta narrativa, debemos preguntarnos: ¿preferimos muchos informadores mediocres, o menos pero profesionales? La primera opción puede parecer atractiva porque, como se ha planteado anteriormente, simula empoderamiento. Sin embargo, delega el trabajo del periodista en la audiencia, que pasa a ser su propia mediadora sin tener capacidad para sostener esta responsabilidad. Y justo ahí es por donde se cuela el pseudoperiodismo, cuando abandonamos los filtros de credibilidad porque los confundimos con censura. En realidad, son las herramientas con las que contamos para determinar quiénes merecen el poder de informarnos. Visto lo visto, quizás tenemos que volver a confiar esa tarea en los profesionales.







Deja un comentario