REPORTAJE | Nacimos con una pantalla bajo el brazo. Para los que llegamos al mundo después del año 2000, el entorno analógico es casi una leyenda urbana. Nuestra realidad está filtrada por una pantalla y nuestra visión del mundo depende, en gran medida, de lo que un algoritmo decide mostrarnos cada mañana al despertar. Durante años, la sociedad nos ha colgado la etiqueta de «nativos digitales», dando por hecho que la destreza técnica para editar un vídeo o navegar por redes sociales conlleva, de forma innata, un escudo protector contra los engaños de internet. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja: saber usar la tecnología no significa, ni de lejos, poseer alfabetización mediática.
El experimento: cuando la seguridad se desmorona
“Yo creo que detecto un bulo fácil”. La frase se repite entre los participantes de un experimento realizado para este reportaje. Jóvenes acostumbrados a informarse a través de redes sociales, aceptan someterse a una prueba: distinguir entre contenidos reales y manipulados. El estudio analizó tres pilares fundamentales: la detección de bulos tradicionales, la identificación de contenidos generados por IA y los comportamientos ante la saturación de datos.
Para que este estudio fuera fiel a la realidad, el trabajo de campo no se realizó en un entorno controlado, sino mediante un muestreo aleatorio presencial durante un evento social universitario. Se abordó individualmente a 50 jóvenes de entre 18 y 25 años para registrar sus reacciones espontáneas frente a contenidos manipulados. La toma de datos fue analógica y anónima, anotando en libreta únicamente las variables de edad, género y capacidad de detección. Esta metodología permitió capturar el comportamiento real en un contexto de ocio, donde el análisis crítico suele verse relajado por la velocidad del consumo. Antes de empezar, la confianza de los llamados «nativos digitales» es alta. El 90% afirma sentirse capaz de identificar noticias falsas. Pero esa seguridad comienza a resquebrajarse en cuanto aparece uno de los primeros ejemplos.
El engaño de TikTok
Un vídeo de TikTok manipulado, con la reseña de un vestido protagonizado por una supuesta modelo generada con inteligencia artificial, pasa desapercibido para la mayoría de los participantes. Solo unos pocos dudan, pero casi nadie entra en el perfil para comprobar su autenticidad.
“Parecía una influencer real, no pensé que fuera IA”, reconoce una participante tras conocer el resultado.
“No me dio por mirar el perfil, lo di por válido directamente porque tenía muchos likes”, admite otro estudiante.
Tras analizar los comentarios del vídeo original, el patrón es unánime: de decenas de interacciones, ninguna cuestiona la naturaleza digital de la modelo. La validación social, a través de halagos y emoticonos, actúa como un velo que refuerza la veracidad del contenido manipulado.
La realidad en cifras
Las respuestas de los participantes revelan un patrón común: la velocidad. Plataformas como TikTok o Instagram se han consolidado como fuentes principales de información para la mitad de los jóvenes, pero no son las únicas. La inteligencia artificial ha irrumpido con fuerza, convirtiéndose ya en la fuente de consulta habitual para el 32% de los encuestados. Sin embargo, esta delegación del conocimiento en algoritmos e IA dificulta el análisis crítico.
“Voy tan rápido viendo vídeos que no me paro a comprobar nada”, explica una joven de 20 años.
Para Arantxa Chamorro, Senior Consultant en IA y Robots en Indra, el problema es que confiamos en una «intuición analógica» para un entorno sintético
Según la experta hoy la tecnología ya ha superado nuestra capacidad biológica de procesamiento visual.
Este consumo acelerado favorece la exposición a contenidos diseñados para impactar emocionalmente. En ese proceso, la verificación queda en un segundo plano: el 78% de los sujetos admite que no contrasta los datos. Al analizar los datos por perfiles, el experimento revela una brecha de género: ante el vídeo de IA, las mujeres (n=26) concentraron el 69% de los aciertos totales, frente al 31% de los hombres (n=24). Por edades, los jóvenes de 18 a 21 años presentaron un índice de confianza mayor pero una menor tasa de contraste que el grupo de 22 a 25 años. Esta falta de rigor explica por qué la tasa de acierto global ante engaños cae hasta el 45%.
Aunque el 58% identifica un bulo de texto tradicional, la capacidad crítica se desploma ante la tecnología: solo un 44% distingue una imagen generada por IA y apenas el 32% advierte el engaño en el vídeo de TikTok. Como explica la consultora de Indra, esto es consecuencia de algoritmos optimizados para la retención
Arantxa aclara que la desinformación es «hiper-eficiente» porque el sistema no está programado para decir la verdad, sino para dar al usuario lo que le mantendrá conectado.
Estos resultados confirman que ser nativo digital no otorga inmunidad; sin verificación, el usuario queda a merced de una desinformación visual cada vez más sofisticada.
Lo que dicen los datos: una brecha real
Los resultados del experimento no son un caso aislado, sino que reflejan una tendencia nacional documentada. Según el Panel de Hogares de la CNMC (2025), más del 60% de los usuarios en España reconoce dificultades para distinguir entre información real y falsa en internet.
En la misma línea, un análisis sobre alfabetización digital publicado por la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) subraya que el uso cotidiano de la tecnología no implica un conocimiento profundo de sus mecanismos. Saber navegar o crear contenido no garantiza la capacidad de evaluar su fiabilidad.
El estudio insiste en que la alfabetización digital debe ir más allá de lo técnico e incorporar habilidades cognitivas como el pensamiento crítico, la interpretación de fuentes y la detección de sesgos. Sin estas competencias, el usuario queda expuesto a la desinformación, independientemente de su edad o experiencia digital.
Ni siquiera los profesionales se sienten inmunes
La necesidad de aprender a interpretar el entorno digital no se limita a los jóvenes. También afecta a quienes trabajan dentro del sistema informativo. Para entender cómo la desinformación ha transformado el oficio, hablamos con Julia Ortiz, redactora de Castilla-La Mancha Media (CMM) con años de experiencia en la información de proximidad. Su testimonio es el reflejo de una profesión que ha pasado de vigilar el dato a tener que auditar la realidad misma.
Según explica la periodista, el trabajo en las redacciones ha cambiado por completo. Ya no es suficiente con confirmar una noticia con una fuente oficial; ahora los redactores deben actuar casi como analistas técnicos para asegurar que una imagen o un audio no son falsos. En un entorno donde lo manipulado parece real, la prioridad de profesionales como Julia Ortiz en CMM es «mirar con lupa» cada archivo para no difundir engaños que parecen totalmente fiables.
La brecha educativa
Esta formación continua que menciona Ortiz pone en evidencia una carencia de base en el sistema educativo. Como señala un análisis de La Vanguardia (Junior Report), durante años la digitalización de los centros se ha centrado en incorporar dispositivos y herramientas tecnológicas en las aulas, pero no siempre ha ido acompañada de una enseñanza paralela sobre cómo interpretar críticamente los contenidos que circulan en ellos. La consecuencia es una brecha evidente entre el uso de la tecnología y la comprensión de la información: generaciones hiperconectadas, pero no necesariamente preparadas para comprender el entorno mediático en el que viven, se aprende a manejar herramientas, pero no a leer los mensajes que estas transmiten ni a cuestionar su origen o finalidad.
Iniciativas como las impulsadas por la red Alfamed (un curso online de alfabetización mediática para periodistas) o los debates académicos en congresos especializados como el del grupo GICID de la Universidad de Zaragoza, insisten en la misma idea: la alfabetización mediática es una competencia básica en la sociedad actual.
No se trata solo de consumir información, sino de entender cómo se construye, qué intereses puede haber detrás y cómo se distribuye.
“La desinformación no se combate con rapidez, sino con profundidad”.
Javier Marzal Felici
¿Cómo podemos frenar esta tendencia?
Para ello, es fundamental contar con herramientas de verificación que ayuden a activar el pensamiento crítico frente al impulso de compartir. En este sentido, distintas instituciones han desarrollado guías y marcos de referencia para orientar a los ciudadanos frente a la desinformación.
Una de las más relevantes es la propuesta de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), una de las entidades internacionales que más ha trabajado en el desarrollo de la alfabetización mediática. A través de cinco leyes, la organización recuerda que cualquier ciudadano puede ser emisor de información en el entorno digital gracias a la libertad de expresión, pero también advierte de que no toda información difundida es neutral ni procede necesariamente de fuentes fiables.












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