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La falacia de la ciberdemocracia

Avatar de Marcos Carretero
1.280 palabras
5–8 minutos

OPINIÓN | Desde que a finales del siglo XX Internet se convirtiera en una herramienta empleada de forma prácticamente cotidiana por la mayoría de la población, hemos visto como muchos conceptos han tenido que adaptarse y evolucionar para no quedarse atrás. Como consecuencia de esto, a principios del nuevo milenio nacía el concepto de «ciberdemocracia», definido como las transformaciones que producen las nuevas tecnologías de la información e Internet sobre la información en las democracias contemporáneas. Quizás ahora es complicado, sobre todo para los nativos digitales, pensar que hace apenas 20 años conceptos como las redes sociales nos eran completamente desconocidos, y no teníamos forma de prever el impacto que iban a tener en el funcionamiento moderno de la sociedad.

En 2003, un grupo de politólogos en la Universidad Complutense negaron que Internet fuera a convertirse en el futuro en algo más que una simple fuente de consulta. Opinaban que, aunque Internet daba pie a un ciudadano mejor informado, no debería dar pie a una sociedad en la que este ciudadano tuviera mayor capacidad de decisión. Criticaban también el trato lejano de los políticos con sus votantes a través de sus páginas webs. Evidentemente, ninguno de estos expertos pudo anticipar el papel que tendrían Facebook o Twitter en la democracia actual. En la actualidad, sin embargo, debemos preguntarnos si estas redes están causando más perjuicio que beneficio.

Los partidos usan las redes

Hoy en día nos parece muy extraño si un político no tiene un perfil público en Twitter, o si su perfil no es demasiado activo. Los partidos y sus gabinetes se han dado cuenta de que el nivel de cercanía que permite la plataforma con sus potenciales votantes les permite enviar su mensaje de forma mucho más rápida y directa. Un ejemplo claro de esto es Vox. El partido liderado por Santiago Abascal es de los más activos en la red social.

Gráfico de «El País». Visitas a las páginas webs de los partidos políticos en 2018.

Sus militantes han proclamado varias veces que la sociedad no confía en los medios tradicionales, por lo que pretenden hacer llegar la «información», o lo que ellos llaman información, directamente al espectador. Utilizan mensajes muy directos, en muchos casos incendiarios, que pretenden generar una conversación. Que el mensaje sea compartido muchas veces y así difundirlo de forma efectiva. Un simple vistazo a su timeline nos sirve como comprobante de esto.

Podemos, otro partido joven, utiliza una estrategia similar en redes. La formación de Pablo Iglesias era líder en número de seguidores en Whatsapp. Sin embargo en 2019, en plenas elecciones generales, Whatsapp cerró la cuenta del partido. No son los únicos a los que les ha pasado. Precisamente Vox ha tenido problemas con Twitter. Está claro que la falta de regulación acerca de los comportamientos de los usuarios online está provocando conflictos.

No es un caso que se de solo en España. En Estados Unidos, la democracia más antigua del mundo, Trump utilizó herramientas similares a las que acabamos de analizar para ganar las elecciones. Todos estos políticos están sabiendo aprovechar la alternativa que presenta este canal ante los medios tradicionales. Si difunden un mensaje a través de cadenas de Whatsapp, o hilos de Facebook o Twitter, es mucho más complicado que los medios puedan ejercer su papel de intermediario ante el ciudadano, comprobando la autenticidad del mensaje.

Los medios tradicionales no se adaptaron

Los medios tradicionales tardaron mucho en adaptarse a esta realidad, y por tanto perdieron su posición. Hoy en día si que existen plataformas como Newtral, que se encarga de hacer «fact checking» en directo de los distintos mensajes virales en Twitter. También muchos periódicos digitales, como «Infolibre» cuentan con una sección de verificación dentro de su versión web. Sin embargo parece que llegan tarde. La cuenta de Vox en Twitter se acerca a los 450.000 seguidores. Podemos supera el millón y medio de seguidores. En contraste, Newtral apenas alcanza los 180.000 seguidores. El usuario no está acostumbrado a realizar esa labor de verificación, porque durante mucho tiempo dicha opción no ha existido. Incluso ahora que ya se tiene la opción sobre la mesa, el usuario no está acostumbrado a ella, y comparte antes de comprobar.

El Objetivo con Ana Pastor | ATRESPLAYER TV
Imagen de el programa «El Objetivo». Recuperada de atresplayer.com

En los medios tradicionales hay una división de opiniones al respecto. Programas como «El Objetivo», en La Sexta, sí que cuentan con una herramienta de «fact checking» bastante reconocida, mientras que «El País» se niega a implantar algo similar, abogando por que cada sección del periódico se encargue de comprobar de forma manual los distintos bulos o hilos virales. Resistirse al cambio supone perder el estatus adquirido anteriormente. Esto supone que los partidos políticos escapen de cualquier tipo de control, y puedan controlar a su audiencia. Si las redes sociales también se resisten a controlar de alguna forma las «fake news» que propagan por sus plataformas, podemos decir que la ciberdemocracia puede estar en peligro.

Filtros burbuja y grupos polarizados

En 2010 surgió el término «filtro burbuja». Este define un grupo aislado en Internet, en el que los individuos que lo conforman solamente reciben dos tipo de información: el que ellos deciden conocer y el que terceras partes han escogido para ellos. Cada vez es más común que, ante la inmensidad de mensajes disponibles en Internet, los individuos vayamos filtrando la información, hasta quedarnos únicamente con aquella que nos resulta beneficiosa. La que elogia las ideas o partidos con los que nos identificamos, y refuerza pensamientos e ideologías que tengamos.

Los partidos saben esto, y conociendo a su sesgo seleccionan muy bien el mensaje que les lanzan, para mantener una audiencia fiel, que no les critique o les cuestione tanto a ellos, sino que se enfrente con otros grupos contrarios. También ayuda a esto los algoritmos de publicidad de Google, Facebook o Youtube. Al seleccionar la publicidad que se nos ofrece en función de los intereses que se determine que tengan los usuarios, esta información puede ser usada por partidos y otros grupos que pretendan influenciar a la población.

Al final, se están creando grupos polarizados. En redes sociales podemos elegir a quién seguimos y a quién bloqueamos. Es por tanto muy difícil que un mensaje contrario a nuestra ideología se pueda colar entre nuestro «feed» de Twitter. Es decir, un mensaje compartido millones de veces por simpatizantes del partido republicano puede no llegar jamás a un votante demócrata. La sociedad ha tendido a partirse en dos. Y los medios también. Los periódicos y televisiones esconden cada vez menos su favoritismo hacia un partido o una ideología en concreto, sabiendo que esto les va a generar una audiencia mucho más fiel.

¿Está en peligro la democracia?

Vivimos en un clima muy tenso. En las actuales elecciones a la Comunidad de Madrid hemos visto varios episodios bastante violentos. Lo que parece peor es que los partidos políticos no sólo están a gusto con la situación, sino que parece que en muchos casos la utilizan para su propio beneficio político.

Pablo Iglesias abandona el debate de la SER tras un choque con Rocío  Monasterio - Vozpópuli
Pablo Iglesias se marcha del debate de «La Ser» el 23 de abril. Imagen recuperada de vozpopuli.com

Los medios de comunicación deberían ser ese «cuarto poder», encargado de controlar y garantizar una democracia justa, pero no han sabido ejercer su papel con la llega de Internet y las redes sociales. Ahora mismo parece que va a ser complicado salir de esta situación de enfrentamiento y opuestos. Lo que es peor, muchos medios parecen cómodos en esta postura. Va a resultar muy complicado convencer a la población de volver a las posiciones de antes, con menos posturas extremas, y más consenso y verificación. Podría argumentarse que la democracia no estaba preparada para un cambio así, y ahora mismo corre el riesgo de quedarse obsoleta.

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