REPORTAJE | Durante toda la vida, los medios tradicionales han contado con la hegemonía en la elaboración de periodismo. La televisión, radio y prensa escrita fueron lo común hasta la llegada de internet y la digitalización. El siglo XXI ha traído consigo las redes sociales, un espacio donde contar historias y atraer audiencia, y aunque son conceptos que parecen similares, son radicalmente opuestos.
En el periodismo tradicional, la prioridad era la credibilidad y la profundidad. Hoy, con la posibilidad de actualizar información de forma constante, la prioridad es la inmediatez y los formatos dinámicos. En la llamada “era vertical” es encontrar vídeos cortos, aunque esto conlleva riesgos. La falta de filtros facilita la propagación de fake news y desinformación debido a los algoritmos de las plataformas.
Para analizar esta evolución, dos periodistas deportivos que trabajan en entornos distintos ofrecen una visión muy útil: Álex Silvestre, colaborador de El Chiringuito de Jugones, y Adrián Fouz, periodista de El Desmarque. Adrián y Álex coinciden en que el periodismo tradicional y el digital no son enemigos, sino formatos complementarios. Hoy ningún medio sobreviviría sin redes, y el futuro se dirige claramente hacia lo digital.

De la credibilidad a la inmediatez
Una de las principales diferencias entre ambos modelos es el ritmo. En el periodismo tradicional, publicar una noticia implicaba contrastar fuentes, revisar datos y asumir una responsabilidad editorial clara. En cambio, en redes sociales domina la velocidad. Ser el primero en contar algo genera visibilidad, interacciones y, en muchos casos, prestigio inmediato, pero en otros tantos, quebraderos de cabeza.
La economía de la atención
Hoy se prioriza la inmediatez sobre la veracidad, una decisión que ha viralizado noticias falsas y desinformación. Esta lógica conecta directamente con la economía de la atención, concepto que define la competencia constante por captar segundos de mirada en un entorno saturado de estímulos. En redes sociales, la atención se convierte en moneda de cambio: cuantos más clics, comentarios o reproducciones consigue un contenido, más valor tiene para la plataforma y para quien lo publica. Por eso los titulares impactantes, los rumores de mercado o las polémicas arbitrales suelen circular con tanta fuerza.
El problema es que esta dinámica puede desplazar el rigor. Cuando la prioridad es destacar en un timeline lleno de contenidos, la tentación de simplificar, exagerar o publicar sin confirmar aumenta.
Otro fenómeno clave es la infoxicación. Nunca hubo tantas noticias disponibles y, paradójicamente, nunca fue tan difícil distinguir cuál es fiable.
En Internet es mucho más fácil engañar que en un medio tradicional y esto demuestra que la democratización de la publicación ha multiplicado voces y formatos, pero también ruido, bulos y contenidos sin filtro profesional.
Diversos estudios del Reuters Institute muestran que la confianza en las noticias sigue siendo baja en muchos países y que una parte importante de la población se muestra preocupada por no saber diferenciar lo verdadero de lo falso en internet. En su informe Digital News Report 2025, el organismo señala además el crecimiento del consumo informativo a través de redes sociales y vídeo, especialmente entre públicos jóvenes.
El papel de los algoritmos
Si antes los editores decidían qué noticia abría un telediario o una portada, hoy gran parte de esa función la ejercen los algoritmos de las plataformas. Son sistemas automatizados que seleccionan qué contenido mostrar a cada usuario según sus hábitos de consumo: lo que comenta, comparte, mira o ignora.
Silvestre explica que en El Chiringuito existe una estrategia adaptada a cada red: formatos cortos en TikTok e Instagram, clips horizontales en X y vídeos largos en YouTube. Esa fragmentación no es casual; responde a cómo cada plataforma recompensa ciertos formatos.
El problema de las redes sociales

El problema es que los algoritmos priorizan normalmente aquello que genera interacción, no necesariamente lo más fiable. UNESCO ha advertido de que las plataformas digitales pueden acelerar y amplificar la difusión de desinformación y discursos engañosos, afectando a la cohesión social y al debate público.
Aplicado al deporte, esto significa que una discusión arbitral incendiaria o una falsa exclusiva sobre Mbappé puede recibir más difusión que un análisis serio sobre gestión deportiva o cantera. El algoritmo premia la reacción emocional inmediata.
¿Se puede hacer periodismo riguroso en redes?
Pese a todo, aún es posible hacer buen periodismo en plataformas digitales. La clave, insiste, es tener información legal y verídica, ya que el camino pasa por medios digitales más creíbles y con información contrastada. Es decir, no rechaza el nuevo ecosistema, sino que reclama mejores prácticas dentro de él.
Las redes también han abierto la puerta a perfiles que antes no tenían espacio en grandes medios. Silvestre cita el caso de Ibai Llanos, cuya popularidad creció gracias a Twitch hasta convertirse en una referencia del entretenimiento deportivo.
Este cambio ha difuminado la frontera entre periodista y creador de contenido. Mientras el periodista se asocia tradicionalmente a contraste y responsabilidad editorial, el creador destaca por cercanía, personalidad y comunidad. Las opiniones respecto a los influencers son variadas: hay quien los considera una amenaza para el periodista, y otros creen que pueden convivir. El problema aparece cuando los clubes dan más entrevistas e interacciones a los futbolistas con los creadores, algo lógico, si se analiza con perspectiva . Los clubes buscan controlar el relato, evitar preguntas incómodas y conectar con audiencias jóvenes. Aunque reduce espacios críticos y limita el acceso periodístico independiente, puede aportar más visibilidad e interés en una realidad donde el algoritmo manda.
¿Hacia dónde evoluciona el periodismo deportivo?
Todo apunta a un modelo híbrido. El soporte digital seguirá creciendo, pero la credibilidad continuará siendo el principal valor diferencial. Cuando hay una gran noticia, muchos usuarios la ven primero en redes, pero la confirman después en medios reconocidos, fruto de esa desconfianza hacia los nuevos canales.
Por tanto, el reto del periodismo deportivo no es elegir entre televisión o TikTok, entre radio o Twitch, entre periódico o Instagram. El verdadero desafío consiste en trasladar los principios clásicos —verificación, contexto, independencia y responsabilidad— a un entorno dominado por la velocidad, el scroll infinito y la lucha por la atención.







Deja un comentario