OPINIÓN | Las promesas tienen un precio. El botón de “Aceptar” en la pestaña de cookies tiene uno. El titular clickbait que dispara dopamina también. La información que se consume lleva colgado un ticket de compra y, por cada titular engañoso o sesgado, recibe un descuento. El truco del “vende humos” digital detrás de estas ofertas tan exclusivas es que, cuando se compre el producto, no tardará en deshacerse en las manos. Cuando haya que enfrentarse a la opinión pública y a la restricción de derechos y libertades, no habrá información de calidad con la que comerciar en la ciberdemocracia.
La tiranía sabe lo que hace

Esta carencia de herramientas intelectuales no es casual, sino una consecuencia directa de la degradación del ecosistema informativo. Para mantener a la gallina de los huevos de oro, este “vende humos” ha estudiado el panorama de la empresa periodística. Los modelos de negocio como las suscripciones o las membresías no hacen más que decaer tiranizadas por la permanente duda de sus lectores: “¿por qué debería pagar por leer esto?”. No obstante, Marín García ya nos advirtió en La Tiranía del clic que el verdadero autócrata de nuestros tiempos es un titular que reza: “10 consejos para ser feliz”. La gratuitidad de una solución tan rotunda como es la felicidad ya debería haber levantado sospechas en el flujo informativo de la red.
Y cuando el clic se convierte en el sonido de las cajas registradoras, el algoritmo se encarga de mascarlo y traficarlo. Pero este no es un juez neutral, sino un difusor de sesgos, un antipluralizador de información. Así es como, una vez el producto está listo llega al mercado de la ciberdemocracia para ser vendido. Pero, ¿cómo va a haber un equilibrio en el mercado si todos los productos están defectuosos? ¿Cómo va a haber un debate social equitativo si ninguno de sus participantes tiene herramientas con las que defenderse? Todos están de acuerdo, pero en un autoconsenso que defiende sus creencias. No existe incomodidad en lo que piensa uno mismo, pero siempre en lo que piense el contrario, el “otro”.
«No conviene que nos dejen en paz. Conviene que nos molesten de vez en cuando.»
Fahrenheit 451″ de Ray Bradbury
Incomodar más que agradar
Esta polarización extrema es la rutina del diálogo ciberdemocrático. Aquí entra el Montag de Bradbury —siempre eclipsado por el Winston de Orwell — para gritar: “No conviene que nos dejen en paz. Conviene que nos molesten de vez en cuando”. Si dejamos que un nicho determinado controle modelos de negocio que anestesien el debate social, arrojamos nuestro oro, nuestro criterio a ese grupo que no dudará en hacer las reglas de la ciberdemocracia. La digitalización no es el único actor clave en la decadencia del debate, sino también los deseos económicos que la fomentan.
La sociedad debe plantearse comprar en mercados caros pero lucrativos como el del Pacto Digital de la ONU o la alfabetización mediática. Porque en este mercado de productos dañados y de modelos de negocio digitales, el ticket de compra es nuestro espíritu crítico uno que cuando surge de la información sesgada o creada para captar clics, el precio que se paga es democrático.







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