ENTREVISTA | Javier Cebollada nunca estudió periodismo ni fotografía como tal, pero está capacitado para ejercer el oficio. Empezó su formación a los 13 años con un cursillo y leyendo libros de fotografía. En su momento, solo se podía estudiar fotografía como una asignatura de Bellas Artes. Hacer muchas fotos, ver muchas fotos y leer tanto libros como artículos son para él la clave que le ha llevado a donde está ahora mismo. Y practicar mucho, por supuesto. Es por ello que es una persona de lo más interesante para preguntar sobre cómo percibe el periodismo móvil de parte de los ciudadanos y otros fotoperiodistas.
Un enfoque diferente
Cebollada lleva trabajando como periodista más de años. Cuando empezó a trabajar en el 86, relata que los cuerpos salían sin censura alguna, especialmente en revistas como Interviú. Paulatinamente, esto se dejó atrás. Javier Cebollada afirma que esta autocensura no es ni negativa ni positiva: “Hay cosas que no son necesarias enseñarlas”. Comenta un episodio en particular: cuando el torero Juan José Padilla perdió el ojo por una cornada en 2011. Él tomó la foto exacta en la que el toro tenía el cuerno sacando el ojo, en un plano general. “Yo mandé esa foto y luego esa misma foto la vi en varias páginas web que habían recortado y reencuadrado solo el cuerno y el ojo. Medios de comunicación habían ampliado eso”.
«Hay cosas que no son necesarias enseñarlas»
JAVIER CEBOLLADA, FOTOPERIODISTA DE EFE
Un día, saliendo de su casa, presenció un accidente de coche. Llevaba la cámara colgando, pero su primer instinto no fue hacer fotos, sino ayudar. Solo cuando llegaron las ambulancias, hizo fotos. “Que no quepa duda de que si se está muriendo alguien, tú vas y lo ayudas”. Menciona la famosa fotografía de Kevin Carter de «La niña y el buitre», cuya historia detrás no es la que se suele interpretar: la niña ya estaba siendo ayudada por profesionales y voluntarios y no se estaba muriendo, sino que estaba defecando.
Javier, como muchos otros, no es fan del concepto «periodismo ciudadano«. “El “periodista ciudadano” ve a un tipo destripado y lo saca y lo manda”, denuncia Javier. Afirma que no debería elevarse al ciudadano medio al papel de periodista. Los denomina testigos. “Nosotros no hacemos eso, primero porque nuestros medio no lo publicarían, y también porque nosotros ya tenemos un nivel de autocensura que hay cosas que ni disparamos”. Ese filtro no existe en el testigo, en el ciudadano de a pie.
Defiende que «como fotoperiodistas, el papel que tenemos es que la foto informe”. Dice que cada vez les mandan más fotos personas que no son de periodistas y no cuentan nada: desde ruedas de prensa con gente con los ojos cerrados hasta bomberos que mandan directamente la foto del episodio. “Eso no vale: hay que ver que esté todo bien y que informe lo que quieres que informe”, declara Javier.
Intrusismo laboral
Ahora, que todo todo el mundo hace fotos, Cebollada dice que es difícil ser contratado como periodista en cualquier sitio. Admite que es consciente de que su generación es la última plantilla de periodistas en un periódico, pues el resto serán freelance. Tiene claro que no considera intrusismo laboral cuando alguien sin formación hace una foto, sino cuando no cobra por ello. “Siempre se ha dicho que hay cosas que las hacen mejor los aficionados que los profesionales. Porque un profesional tiene un horario, y un aficionado sabe más que nadie y le echa más horas que un reloj”.
Lo único que pretende es que no supongan una amenaza al sector. “El que quiere hacer fotoperiodismo, que se dé de alta en autónomos. Así tiene que cobrar las fotos”, dice Javier. Si al periódico le llegan unas fotos a un precio, escogerá la mejor, pero comenta que ahora los periódicos se quedan con la que es gratis. “Llega cualquiera con un móvil a hacer fotos por la calle y las cogen porque les salen gratis, ese es el problema”. Admite que más de una vez alguien le ha comentado que “no están acostumbrados a pagar por las fotos”, a lo que no duda en responder que él sí está acostumbrado a cobrar por ellas.
El móvil, una gran herramienta de ayuda y de incógnito
Muchas veces le ha tocado cubrir una noticia cuando solo tenía el móvil a mano. “Lo ideal es ir siempre con la cámara colgando, pero es imposible”. Además, afirma que en su caso es especialmente poco probable, pues de cargar mucho se rompió un disco de la columna vertebral. El móvil, por tanto, puede resultar de gran ayuda. “La verdad es que los móviles ahora dan una calidad maravillosa”. Admite que a veces ha llegado a un sitio con todo el equipo, solo para darse cuenta de que se había olvidado la tarjeta en el lector o la batería cargando. “Ahí he tenido que sacar el móvil y hacer las fotos, y ni se nota”, asegura, demostrando así que el móvil puede resultar muy útil.
Relata una vez, cubriendo en su día libre la noticia de un evento en El Pilar. Se encontraba cerca y se acercó y tomó todas las fotos con su móvil. Su ayudante, al que había avisado, llegó con el equipo mucho más tarde, pero el momento había pasado. Lo bueno del móvil es precisamente poder aprovechar al instante el momento preciso, que muchas veces es la diferencia entre la buena foto y la mala foto, periodísticamente hablando.
“Al fin y al cabo, un móvil es una cámara con 24mm o un 35 fijo, y luego ya está lo que no puede hacer la cámara ni el móvil: la mirada, la posición, el enfoque que le das”
Javier Cebollada, fotoperiodista de EFE
Confirma que muchos de sus compañeros ven el móvil como una amenaza, pero él no es uno de ellos. En numerosas ocasiones le han negado la entrada a sitios por llevar la cámara grande, prohibiéndole tomar fotos como periodista, pero cuya prohibición no se promulga a los asistentes con móvil, que no dudan en capturar tantas fotos como les es posible. «Hay veces que pasa cualquier cosa y no puedes grabar con la cámara porque es muy obvio, pero si las haces con el móvil no te dicen nada». Especialmente para este tipo de ocasiones, admite que tener siempre a mano el móvil está muy bien.
La labor de un fotoperiodista es contar una historia. No depende tanto de cámaras o móviles, pues son herramientas útiles según la situación, sino del enfoque único que se le puede dar como narrador de historias. No es nada nuevo: una historia vale más que mil palabras, pero nadie se fijará si las palabras las retrata un móvil o un teleobjetivo.







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